16/5/08

Magdalena, un alma en pena


La vida se le escapó en un suspiro y Magdalena cayó en un profundo pozo sin fondo. A los diez segundos de caída llegó al fondo. El agua era negra y densa y Magdalena quedó flotando sobre el espeso líquido. No había paredes ni visillos, tan sólo un gran espacio oscuro. ¿Dónde estaba?, ¿quién había apagado la luz?, ¿por qué tenía tanto frío?, ¿ganará la liga el Rayo?,... Magdalena estaba a punto de echarse a llorar cuando de entre las sombras surgió la figura de una barca; de todas formas se echó a llorar. La barca se acercó más y Magdalena nadó torpemente hacia ella. El barquero llevaba una túnica verde malvavisco (aunque los colores no se apreciaban en aquella oscuridad, Magdalena sabía que era de ese color porque ella tenía una igual de color rojo zahorí) una túnica, que le tapaba el rostro y el cuerpo. Los remos eran de adorno, pues la barca se movía con un motor fuera borda de gas-oil de cuatro tiempos y dirección asistida, muy silencioso, como si estuviera parado. Entonces Magdalena empezó a comprender. Era su alma la que allí se encontraba. Aquel sería sin duda el barquero que de entre todas escogería las almas buenas para llevarlas a presencia de Dios. Magdalena subió a bordo.
–¿Adónde vamos, mi buen barquero? –preguntó Magdalena.
–No tengo ni idea, porque se me ha roto el faro y no veo nada, ¿no tendrá alguna linterna por casualidad?
–¿Es éste un estado de transición en el que habrá de deambular mi alma inmortal por encima de este mar ennegrecido por las pesadillas y el olvido?
–Es alquitrán.
–¿Cómo dice?
–Que el agua está negra por el alquitrán, no por las pesadillas.
–Pero dime barquero, ¿es acaso éste el destino de mi alma?
–Pues ahora mismo vamos a la deriva, porque se ha acabado el gas-oil. A lo mejor si se mete usted en el agua y empuja, podríamos llegar a algún destino.
–¿Acaso no es la mano del Innombrable la que mueve tu barca?
–¿Ése?, pero si ése no sabe ni cambiar una bujía.
–Pero Él creó el universo, ¿no es eso más importante? Él es tu señor y a Él debes rendir explicaciones.
–Hasta que encuentre algo mejor. No es que el trabajo sea duro, pero el sueldo es ridículo, y tengo que trabajar los fines de semana.
–Pero tú eres el barquero, tú recoges a las almas buenas y las llevas a su destino.
–No, no, de almas buenas nada, yo recojo clientes, los llevo adonde me piden y les cobro la carrera. Y si no hago un mínimo establecido de caja, el de allá arriba no me paga el plus de productividad.
De pronto se oye como un crujido de madera, empieza a entrar agua y la barca se hunde.
–¡Mierda!, lo que faltaba. Por aquí sí que no paso. ¡¡Dimito!!
El barquero se lanzó al agua y se alejó nadando hasta perderse de vista.
–¿Oh Señor, por qué me has abandonado? –suplicó Magdalena.
De pronto alguien dio la luz y Dios se le apareció y le habló:
–¿Te interesa el puesto?, es tuyo. Ten, firma el contrato.
Magdalena cogió el contrato y empezó a leer la letra pequeña.
–(Dios enfadado) ¿Acaso no te fías de mí?, trae acá eso –coge el contrato, lo rompe y desaparece dando un portazo.
–Con este tipo de contratos es lógico que nos convirtamos en almas en pena...

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